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Michoacán y la necesidad de una estrategia integral de contrainsurgencia

By admin on octubre 30, 2013

En los últimos meses, algunas voces experimentadas han señalado que ciertos grupos de la delincuencia organizada en México deberían ser considerados como insurgencia criminal.Más allá de las consideraciones políticas que ello conlleva –recordemos a Hilary Clinton y el impacto de sus declaraciones en México hace tres años– lo cierto es que es sumamente importante la forma en que un grupo es catalogado, pues de ahí se desprende el enfoque de acción-reacción del Estado frente al mismo.

No todos los grupos de la delincuencia en nuestro país poseen la misma estructura, medios y objetivos, por lo que el debate teórico para determinar qué tipo de organización criminal opera en tal o cual zona del país, debe servir de base para la construcción de un enfoque integral de respuesta por parte de las fuerzas del Estado Mexicano.

En este sentido, para determinar si un grupo  puede ser catalogado como insurgencia, es menester abordar el concepto desde su significado más aceptado: una insurgencia es un grupo social que busca 1) separarse del control estatal y 2) consolidar su poder en un territorio a través de sus estructuras de poder político y uso de la fuerza.

El grupo Al Shabaab, que controla el sur de Somalia, es un claro ejemplo de una insurgencia de corte terrorista.

El grupo Al Shabaab, que controla una región entera al sur de Somalia, es un claro ejemplo de una insurgencia de corte terrorista.

Así, una vez que una insurgencia ha conseguido estos dos objetivos estratégicos, puede buscar: 1) la autodeterminación nacional (insurgencia de tipo político-militar), 2) la consolidación de una base de operaciones para lanzar acciones de violencia (insurgencia terrorista) o 3) la creación de un espacio geográfico que salvaguarde sus actividades criminales (insurgencia criminal).

Las FARC evolucionaron de una insurgencia político-militar a una de corte criminal.

Las FARC evolucionaron de una insurgencia político-militar a una de corte criminal.

Si bien los objetivos finales de estos tipos de insurgencia son diferentes, lo cierto es que los tres comparten elementos que son clave para su éxito: capacidad táctica de enfrentar al Estado (si bien de corte asimétrico) y una base social que les sirva de fuente de recurso humano e incluso de información.

Atendiendo a los conceptos anteriores, puede argumentarse que existe en nuestro país al menos una organización delincuencial con las características de una insurgencia criminal: Los Caballeros Templarios, quienes han demostrado tener suficiente capacidad táctica para enfrentar a las fuerzas del orden continuamente, controlan amplias zonas geográficas -particularmente en la región sur de Michoacán- y, quizás de manera más destacable, contar con bases sociales que les proveen no sólo de personal sino de redes de información.

Estas características hacen de Los Caballeros Templarios una de las organizaciones delincuenciales más complejas de nuestro país. Esto obliga al Estado Mexicano a plantear una estrategia integral que vaya más allá del objetivo inmediato de contención y control.

En este sentido, y aunque escapa al alcance de este comentario, valdría la pena revisar algunas experiencias similares en otras partes del mundo, donde se han aplicado estrategias de “contrainsurgencia” que implican un enfoque de “construcción de estabilidad” y no sólo de contención y control.

Nos referimos, como menciona John Maier, a un enfoque cívico-militar de largo plazo, que implica componentes de 1) fuerza -sobretodo en la fase inicial- y de 2) construcción de instituciones sociales y políticas, como bases que sustentan la paz en un horizonte de tiempo mayor.

Atendiendo lo anterior, Michoacán pudiese ser el centro de gravedad de una estrategia de contrainsurgencia criminal que abarque esos componentes, donde a la necesaria intervención militar le sobrevenga la creación de nuevas instituciones políticas confiables, más allá de aquellas que se tienen en estos momentos.

En todo caso, y tomando en consideración las experiencias en otros países, dicha estrategia habría de contar con tres grandes momentos: 1) contención de la expansión criminal, 2) control de territorio y 3) construcción de instituciones sociales de base y políticas.

Hay que decir que desde hace al menos 7 años en Michoacán, el Estado Mexicano se ha concentrado en lograr los primeros dos momentos, con mayor o menor éxito; pero lo cierto es que nunca se ha planteado de manera seria que éstos no son objetivos finales, sino la base de una solución que pasa, precisamente, por la construcción de instituciones.

Es precisamente ahí donde la estrategia actual de seguridad, al menos en el caso de Michoacán, encuentra su mayor desafío: de poco servirán los grandes despliegues militares si no forman parte de una estrategia de contrainsurgencia de largo plazo, ejecutada por un comando cívico-militar centralizado, con objetivos tácticos, operativos y de largo plazo bien definidos.

PD. Vicente Vargas (@vicenvargas), especialista en temas de seguridad nacional y desarrollo, comentó que uno de los aspectos más relevantes que explican la espiral de violencia en Michoacán es la disputa entre carteles por la base social históricamente establecida. Sin duda, una estrategia contrainsurgente no podría tener el menor de los éxitos si no consigue, como uno de sus objetivos estratégicos claros, arrebatar dicha base social a los grupos criminales.

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