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Captura de Guzmán Loera, ver el árbol y no el bosque

By admin on noviembre 11, 2015

En las últimas semanas, la operación para capturar a Joaquín Guzmán Loera (a) El Chapo ha atraído la atención mediática no sólo en México, sino en buena parte del mundo.

Sin embargo, más allá de la hipotética captura, lo cierto es que la Organización Sinaloa (OS) es un ente empresarial-criminal que sufriría un efecto menor con la partida (operativa) de uno de sus miembros.

¿Por qué? Porque la OS, contrario a lo que deja escaparse en los medios, no está estructurada de una forma piramidal, a la usanza de otros grupos criminales. La Organización Sinaloa es, en realidad, un entramado de actividades (no sólo ilegales) que van desde la ya conocida siembra y comercialización de drogas (Mariguana, Heroína y trasiego de Cocaína), contrabando de bienes y servicios, ejecución de funcionarios públicos, extorsión, falsificación de documentos, fraude bancario, lavado de dinero, piratería, tráfico de personas, entre otras.

Con raíces familiares forjadas a sangre y fuego a partir de la mitad del siglo XX, originalmente en la zona noroeste del país, la Organización Sinaloa se consolidó como la estructura criminal más importante y cohesionada de México desde finales de los años 1970 y principios de los 1980, cuando bajo el liderazgo de Miguel Ángel Félix Gallardo, Ernesto Fonseca Carrillo y Rafael Caro Quintero, consolidaron su poder de la mano de un Estado corrupto y algo más que complaciente.

Si bien es cierto que la Organización Sinaloa sufrió una modificación importante de su modelo de negocios territorial hacia principios de los años 1990 (como resultado de la captura de sus principales liderazgos morales), lo cierto es que el ADN fundamental quedó intocado: al día de hoy, sus miembros forman parte del mismo entramado familiar que les aporta cohesión, solidez y proyección extra-territorial.

Esta red de redes criminal es, de acuerdo con diversos especialistas, la quinta más importante a nivel mundial sólo después de las triadas chinas, la mafia rusa, italiana y japonesa.

Según un reporte de la DEA, esta organización controla prácticamente el mercado de drogas en Estados Unidos, el más grande del mundo.

Ante esta situación, detener al Chapo sin combatir decididamente a la Organización Sinaloa –ya no digamos al crimen organizado mexicano- sería, a mi parecer, una victoria pírrica.

Que no se malinterprete el comentario anterior: capturar a un capo de este nivel es importante para el Estado Mexicano, ridiculizado en su totalidad (el Estado es más que un gobierno en turno) a partir de la segunda fuga del Chapo en julio de 2015.

Sería importante también para la relación con Estados Unidos, nuestro principal socio estratégico y alrededor de cuya órbita geopolítica giraremos en los años por venir.

También sería un logro importantísimo para la Armada de México (no para las Fuerzas Armadas en general, pues el Ejército y la Fuerza Aérea permanecen sumidos en una doctrina operacional del siglo pasado).

Pero más allá de eso, nada.

La eventual captura del Chapo sólo tendría un significado estructural si se cumplen las siguientes premisas básicas:

  1. Se detectan e incautan los bienes patrimoniales alrededor de la Organización Sinaloa.
  2. Se mapea la red de vínculos sociales y políticos de la Organización, y se procede en consecuencia.

Ante un Estado Mexicano débil, en medio de un crecimiento de las actividades y ganancias de sus organizaciones ilegales (según el Global Financial Report 2003-2012, México fue el tercer país en el mundo de donde salieron más flujos ilícitos no comprobables, con un promedio anual de US $50 mil millones de dólares) el país y sus instituciones se enfrentan a un reto monumental:

O el Estado Mexicano enfoca buena parte de sus recursos humanos y técnicos en capturar a un importante líder criminal, en cuyo caso el éxito es inmediato y la repercusión es políticamente vendible o, además de lo anterior, se aboca a combatir de manera integral al crimen organizado, cuyos primeros éxitos se darían en el largo plazo y serían poco vistosos ante la sociedad y, hay que decirlo, nuestros vecinos del norte.

Esta paradoja refleja la complejidad del fenómeno que enfrenta México y buena parte de los países en la región.

La eventual captura del Chapo podría sería el final de una operación táctica exitosa, o el inicio de un cambio de paradigma en el combate al crimen organizado.

Así lo fue en Colombia en 1993, con la muerte del mítico Pablo Escobar.

La oportunidad está ahí.

 

Postdata:

  1. Joaquín Guzmán Loera fue detenido en enero de 2016 en la ciudad de Los Mochis, municipio de Ahome, en el estado de Sinaloa.
  2. La captura de Guzmán es un logro para la actual administración, pero también lo es para el Estado Mexicano. Regatear el éxito de esta operación sería mezquino y poco objetivo.
  3. Sin embargo, más allá de la indudable efectividad de algunas unidades de seguridad nacional, en particular de la Unidad de Inteligencia Naval de la Armada de México y sus Fuerzas Especiales, las condiciones estructurales que permitieron el escape en 2015 siguen vigentes: corrupción en todos los niveles de la Administración Pública, descoordinación entre cuerpos de seguridad, un pésimo sistema penitenciario, para no hablar del estado que guardan las corporaciones estatales y municipales.
  4. El reto sigue estando ahí, y la re-captura de Guzmán ofrece -nuevamente- la oportunidad para avanzar en ello.

 

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